martes, 19 de abril de 2011

FILIPINAS – Día 4 – Saban

El cuarto día en este destino, lo dedicamos a visitar una de las mayores atracciones turísticas de Puerto Princesa. Hicimos el check out del hostal de Honda Bay, nos alquilamos una camioneta para seis personas, y fuimos a Saban, en donde se encuentra el río subterráneo más largo del mundo.

El conductor, nunca respetaba su carril. En cada curva se cruzaba, y tocaba bocina por si venía alguien. Más de una vez tuvo que hacer alguna maniobra brusca para evitar una moto, un auto, un ómnibus público de esos donde la gente va colgada hasta del techo, o algún animal. En realidad los otros tenían que esquivar al animal del conductor! Pero la cuestión es que después de dos horas de subir y bajar montañas, llegamos a Saban.

Allí tuvimos que esperar bastante para tomarnos un bote que nos lleve hasta la entrada del río subterráneo, y de allí nos subiríamos en una canoa para entrar al río. Por lo tanto, mientras esperábamos, aprovechamos a almorzar algo en la playa.

Nos tocó el turno, y partimos al lugar que tantas veces vimos en fotos al preparar el viaje. El color del agua nos seguía sorprendiendo como la primera vez. El bote nos dejó en la orilla de una playa y de allí caminamos por la jungla unos minutos hasta llegar a donde el río comienza a transitar por debajo de la montaña.


Cuando nos subimos a la canoa, la misma quedaba casi que al nivel del agua, lo que hacía que si nos inclinábamos un poco, entrara agua. Ya con los chalecos puestos, y los cascos en la cabeza, empezamos a adentrarnos en la oscuridad de la enorme cueva.


El Chelo iba adelante, y era el encargado de iluminar con una linterna donde el conductor-guía, que iba atrás remando, le decía. Pero como le avisaba en inglés dónde iluminar, el Chelo iluminaba donde le parecía pintoresco. Después le agarró la mano y no era necesario gritarle “a la derecha, dijo a la derecha!”

La travesía por este río subterráneo duró cuarenta y cinco minutos. Durante los cuales escuchábamos permanentemente el chillido de los miles de murciélagos que viven allí. Si apagábamos la linterna, había una oscuridad total.

La cueva llega a tener por momentos varios metros de altura, lográndose divisar formaciones rocosas parecidas a objetos o cosas. Por ejemplo forma de personas, de la Virgen María, de diversos vegetales, de una calavera entre tantos.


Al salir de la cueva, ya no quedaba nadie esperando para entrar. Ya eran las cinco de la tarde, y el sol empezaba a ocultarse por detrás de las montañas. Subimos al bote nuevamente, y llegamos a donde estaba estacionada la camioneta.

Ahora nuestro destino era el tan ansiado paradisíaco lugar de Filipinas: El Nido. Para llegar aquí fueron necesarias seis horas conduciendo. La última hora y media, por un camino de pedregullo con muchas piedras y pozos, lo que hizo que se transformara, por momentos, en una pequeña tortura.

Durante el camino veíamos casas de paja en el medio de la nada, con bueyes viejos, cansados de tanto trabajo. Todo esto hacía que el paisaje teñido de naranja capturara nuestras caras pegadas al vidrio mientras el sol se terminaba de despedir por entre las montañas.


Llegamos a las once de la noche, y ahora nos encontramos hospedados en un hotel que da a la playa. Estoy escribiendo éstas líneas, y a menos de quince metros ya tengo el agua de la playa, al fondo montañas. De noche obviamente no apreciábamos tanta belleza como ahora.

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