martes, 21 de febrero de 2012

PERSONAS EN EL MUNDO II

Es verdad que las primeras partes son las mejores, pero en este video también se puede apreciar otras personas, las cuales también formaron parte de mis vivencias en lo que fue este viaje inolvidable.

viernes, 23 de diciembre de 2011

PERSONAS EN EL MUNDO

Distintas nacionalidades, distintas culturas, costumbres, tradiciones, religiones. Pero siempre con una idiosincracia atrapante. Al fin y al cabo... somos todos iguales!



viernes, 25 de noviembre de 2011

Y LLEGÓ EL FINAL

“…

Tengo miedo del encuentro

con el pasado que vuelve
a enfrentarse con mi vida.

Tengo miedo de las noches
que pobladas de recuerdos
encadenen mi soñar.

Pero el viajero que huye
tarde o temprano
detiene su andar.

Y aunque el olvido
que todo destruye
haya matado mi vieja ilusión,

guardo escondida
una esperanza humilde
que es toda la fortuna
de mi corazón.


Vivir

con el alma aferrada
a un dulce recuerdo
que lloro otra vez.


…”

Cuando nunca me imaginaba estar escribiendo este capítulo, me encuentro haciéndolo con los ojos tan llenos de lágrimas, que debo esperar unos segundos a que caigan para poder seguir con este relato que tanto dolor me causa.

¿Qué más agregar de lo que cantó alguna vez nuestro querido Carlos Gardel? Es inevitable la vuelta, pero también es inevitable la nostalgia de lo vivido durante este año 2011. Por suerte, cuando de un tiempo a esta parte tome coraje para leer todo lo que he escrito en este blog, podré recordar y revivir con lujo de detalles todo lo que viví, todo lo que disfruté.

Ahora, a tan sólo unas horas de tocar nuevamente suelo Charrúa, me invade una incertidumbre sobre mi futuro. Es que todos mis planes los proyectaba hasta el viaje. Pero ahora el viaje ya está en el pasado. ¿Qué viene ahora? Tendré que empezar a buscar trabajo, pero ya con la tranquilidad de estar recibido de Contador Público. Tendré que comenzar a fijarme otros objetivos, otras prioridades, otros sueños.

No se imaginan la inmensa tristeza pero a su vez la inmensa felicidad que tengo en toda mi humanidad. Es algo tan difícil de explicar. Tristeza, porque lo que soñé durante años, vino y ya se fue. Pero feliz, porque lo supe disfrutar intensamente, y lo pude compartir con todos ustedes. Feliz, porque sé que a mi vuelta, me esperan muchas personas con las cuales nos amamos y queremos incondicionalmente.

Han pasado casi nueve meses desde que me desprendí de todas estas personas que amo, para atreverme a convertir un sueño de años, en una realidad que jamás olvidaré.

Miro hacia atrás, y veo a un Juanchi inmaduro, por momentos hasta egoísta, pensando sólo en su sueño y nada más. Hoy, viéndome a mi mismo, logro ver y reconocer a otro Juanchi. Uno más maduro, y orgulloso de saber que uno de los grandes objetivos de su vida fue cumplido con total éxito, y que ese éxito no solo dependió de él, sino que también formaron parte importante cientos de compañeros, decenas de amigos y familiares, y muchos desconocidos que también participaron para que esto que vivió, lo haya podido hacer con la felicidad esperada.

Recuerdo cuando empezamos con el Chelo, Nacho y Matías esta aventura, cuando se nos unió el Ciervo, cuando me uní al Grupo, cuando terminó. Cuando comencé la camioneta con Jota, Pablo y Santiago. Cuando vi a mis padres y a mi hermana con su beba en brazos. 

Pero, como cantara Tango Feroz, “todo tiene un final, todo termina…”.

Todos hermosísimos recuerdos, algunas anécdotas divertidas, otras peligrosas, y otras tristes, pero lo importante fue haber disfrutado cada momento, haber vivido estos doscientos setenta días con el entusiasmo que se merecían.

Fueron muchos días lejos de casa, pero también fueron muchos días conociendo diversas culturas, religiones, costumbres, personas y lugares. Esto es lo más académico del viaje. Intercambiar palabras con las personas de cada lugar. Hablar distintos idiomas, y hacerse entender.

Leyendo revistas de turismo, me doy cuenta de lo privilegiado que soy de haber podido conocer todo lo que conocí. Cuando doy vuelta las páginas de estas revistas, descubro que los destinos que muestran y promocionan, fueron parte de mi extenso itinerario de nueve meses de duración.

Muchas veces veía parejas de veteranos paseando por donde yo también lo estaba haciendo, y ahí, en ese momento, mi mente empezaba a pensar y a valorar la posibilidad de estar viajando. Cuántos años habrán tenido que esperar esos veteranos, para que unidos de la mano, hayan podido viajar hacia esos remotos lugares. Yo, en cambio, con apenas veintiséis años, ya estaba allí, y sentía muchas veces que deberían ser otras las personas que estuviesen en mi lugar. Mis abuelos, mis tíos, o mis propios padres, quienes trabajaron y  trabajan arduamente día a día, y tal vez nunca lleguen a conocer lo que un “pendejo” de veintiséis ya conoció.

Estuve en los cinco continentes. De América conocí Estados Unidos, las ciudades de Miami, Fortlauderdale, San Francisco y su parque Yosemite, Hawaii donde viví la trágica experiencia de tener que evacuar del hostal por riesgo de tsunami a causa del terrible terremoto de Japón, y también estuve en la manzana de Nueva York.

De Oceanía, la isla sur de Nueva Zelanda, las ciudades de Christchurch cuando había sido recientemente devastada por un terremoto, Queenstown con sus lagos y montañas, Hokitika, Punakaiki, Nelson y su parque Abel Tasman. También paseé por Sydney en Australia.

En Asia estuve muchísimo tiempo. Visité Singapur. En Indonesia conocí Bali tanto sus playas como su volcán y sus terrazas de arroz, Yakarta, Medan, Bukit Lawang en la selva de Sumatra. Admiré las Torres Petronas en Kuala Lumpur, capital de Malasia.

¿Qué decir de mi pasaje por Filipinas? Conocí su capital Manila, y su isla de Palawn donde me enamoré de Puerto Princesa, Honda Bay y el paradisíaco El Nido.

En ese momento, me encontraba en una encrucijada con respecto a lo que hacer con Japón, pues la radiación estaba haciendo estragos, y para dejar tranquilos a todos, desistí de tan remoto país.

Fui a China, a la gran muralla en Beijing, a Xi-An con sus famosos soldados de terracota, a Shanghai. Conocí Hong Kong.

Incursioné en un territorio lleno de historia y de dolor como el de Vietnam, las ciudades de Ho Chi Minh, Hoi An, Hanoi, y la bahía de Halong.

Camboya también formó parte del itinerario, visitando Siam Rep. De Tailandia conocí Bangkok, Phuket, Phi Phi, y el famoso Río Kwai.

Después fue el turno del humilde Nepal, las ciudades de Katmandú, el Parque Chitwan y Pokhara. De la pobre pero a su vez rica India conocí Varanasi con el Río Ganghes, Nueva Delhi, Amber, Jaipur, Fatehpursikri, y Agra con su Taj Mahal.

De Emiratos Árabes visité Dubai donde me diagnosticaron cálculos en los riñones, y su capital Abu Dabi.

Llegó el turno de África, conociendo únicamente el país de las pirámides, Egipto. Las ciudades de El Cairo, Luxor, y otras que conocí en las diversas paradas que realizaba el crucero que nos llevaba río abajo por el Nilo. También fui a su balneario Sharm El Sheik con el intenso azul del Mar Rojo.

Volvimos a meternos en Oriente, yendo a Jordania, a Aqaba, Wadirum, y al imponente Petra. Cruzamos hacia Israel, conociendo el Mar Muerto donde se flota parado, Jerusalén, Cesárea, Haifa, Nazareth, y Tel Aviv. También incursionamos en suelo palestino visitando Belén.

Como punto medio entre Asia y Europa, fui a Turquía, las ciudades de Estambul, Cappadocia, Pamukkale y Kusadasi.

Ya en Europa, me limitaré a nombrar sólo los países por los que anduve, pues al mencionar las ciudades, entraría en un relato aburrido para ustedes los lectores: Grecia, Inglaterra, Francia, Bélgica, Holanda, Alemania, Dinamarca, Suecia, Noruega, Finlandia, Rusia, Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, República Checa, Austria, Eslovaquia, Bosnia y Herzegovina, Croacia, Eslovenia, Italia, Suiza, Luxemburgo, Mónaco y España.

Cuarenta y siete países, más de ciento cincuenta ciudades y lugares. Pucha que son dos números que jamás olvidaré. Bordadas están en mi mochila (“La Abanderada”) las banderas de cada una de estas naciones independientes. Una a una las fui cociendo. Ahora, al mirar la mochila, veo la dimensión de este viaje.

En fin, sólo me resta agradecerles a todos por su fiel seguimiento, y todo su apoyo. Terminaré este párrafo con un punto final para dar por terminado el viaje, y con él, este blog. Pero pensándolo bien, sería hipócrita de mi parte pensar que este viaje ha culminado. En realidad, la propia vida es un gran viaje. Muchas veces se vuelve rutinario, yendo de la casa al trabajo, y del trabajo a la casa; esperando esas vacaciones merecidas una vez al año. A veces, se tiene el privilegio de viajar por nueve meses, pero eso es un detalle nada más. Lo más importante es que la vida sigue, el viaje sigue. Ya no sabremos con exactitud el itinerario a cumplir, pero el destino lo iremos forjando día tras día con las personas que amamos. Por eso, nada de puntos finales, esto no culmina, pero tampoco comienza. Tan sólo continúa. ¿Qué mejor que finalizar de redactar esta última publicación con unos buenos puntos suspensivos? A ustedes ahora, sólo les restará imaginarse cómo seguirá mi viaje… 

jueves, 24 de noviembre de 2011

ESTADOS UNIDOS – NUEVA YORK – Parte II

Me desperté muy temprano en la mañana, y antes de que abriera el desayuno, ya estaba levantado para empezar a recorrer otros sitios a donde no habíamos ido en los días anteriores.

Esta vez, en soledad, me mezclaría con los neoyorquinos, con el ruido de la ciudad. Debo decirles que a toda hora hay tráfico, siempre gente amontonada para cruzar las esquinas, tomar un subte, o simplemente caminando por las veredas.

Como amenazaba a llover, me fui al Museo de Historia Natural en subte. De todos los metros que he andado a lo largo de este viaje, me atrevería decir que el de Nueva York, es el más espantoso por el que me he movido. Sucio, ratas, goteras, bullicioso, difícil de entenderlo.

Llegué al museo, entré de manera gratuita, y ya de pique me perdí en su inmensidad. Fui a la parte del espacio, pudiendo ver y tocar un enorme meteorito de millones de años, que se dio contra la tierra a principios de siglo. Seguí deambulando, pero perdido, no veía nada interesante que me atrapara. Pero llegué al piso de los dinosaurios, y allí me quedé largo rato.


Es que llama mucho la atención su tamaño, pero a su vez, cómo exponen todos sus huesos armados, pudiendo apreciar su verdadero tamaño. Después de dos o tres horas, me fui rumbo al Rockefeller Center. Un edificio altísimo, rodeado de calles comerciales. Por allí, se encuentra Rockefeller Plaza, donde está la famosa pista de hielo, y el árbol navideño. Aquellos que hayan visto “Mi pobre angelito”, sabrán de lo que les hablo. Lamentablemente, aún no estaba terminado, con lo que sólo se divisaba la estrella de la punta entre los andamios.

Seguí caminando, por Broadway, por la Quinta Avenida, y por calles laterales. Pasé por Time Square, aquella plaza que les comentaba en la publicación anterior que está llena de luces y de pantallas gigantes de alta definición con permanentes publicidades.

Seguí caminando y llegué a uno de los edificios más emblemáticos de la gran manzana, y qué mejor oportunidad para fotografiarme comiendo dicha fruta a los pies del Empire State. Sinceramente hay muchísimos edificios más bellos que este en la ciudad, pero con saber que durante cuarenta años fue el edificio más alto del mundo, ya se merece la admiración. En verdad vale la pena mirarlo por la noche, cuando es iluminado con diversos colores, según el tema del día.


Seguí caminando, y cuando el sol se empezaba a ocultar por detrás de las moles de cemento, me fui al hostal a descansar de otro día agotador, donde mis pies fueron mi única compañía.

Ya el penúltimo día en esta ciudad, y de este viaje, también me levanté antes de que sonara el despertador, y tras desayunar, comencé a caminar por el barrio Chelsea donde se encuentra el hostal.

Calles algo más angostas que el resto, árboles a ambos lados, y las famosas escalinatas que van de la vereda hasta la puerta de las casas. Típico barrio neoyorquino que uno ve en las series de televisión o en las películas.

Sin suerte de ver a Sarah Jessica Parker, seguí camino rumbo a otro barrio de la ciudad, a Soho. Es un barrio comercial, pero los jueves aquí en la manzana está todo cerrado, hasta el tráfico y la muchedumbre, que les comentaba al principio, desaparecen estos días de la semana. Por momentos me encontraba caminando solo, con lo que buscaba uuna calle con más movimiento, pues uno nunca sabe.

Paso tras paso llegué a Little Italy, barrio con restaurantes y comercios italianos, donde la pizza y la pasta son los platos principales del barrio. Se nota la influencia tana en el lugar, pues se escuchan gritos de una vereda a la otra, risas, gesticulaciones con las manos, mientras los neoyorquinos de otros barrios, se limitan a ir con las manos en los bolsillos enchufados a los auriculares de su último modelo de celular.

Al llegar a una esquina, me encontraba en el límite entre el barrio italiano y el Chinatown. El griterío aumentaba, y ya se veían personas con rasgos orientales caminando por las angostas veredas. El olor típico de los comercios asiáticos hizo que por momentos me sintiera caminando, como supe hacerlo hace ya varios meses, por ciudades del sudeste asiático. Pescados, verduras y patos laqueados se olían y se veían en esas sucias calles de Chinatown.

Mirando el mapa me sorprendía de la cantidad que había caminado. Antes de dejar este barrio, me atreví a regatear el precio de una remera. Es que si verdaderamente estaba en un barrio chino, el regateo debería ser el arte que se maneja en todos los comercios. Y no estaba errado. Me pude ahorrar la mitad del precio que me ofrecía por una sencilla remera de Nueva York.

Para variar, seguí caminando y pasé por la punta del puente de Brooklyn, a esta zona ya había venido con Martín y Marcelo, pero aún era temprano así que decidí recorrerla de nuevo.

Llegando a la zona cero, entré a la iglesia de San Pablo, la cual quedó intacta al caer las torres gemelas. Allí se pueden mirar fotos y uniformes de bomberos de aquel once de Setiembre. Seguí caminando y me topé nuevamente con los manifestantes de Wall Street. Allí, entré y me serví una botellita de agua, pero no quise comer las bandejas que daban, pues ya había almorzado en el barrio italiano.

Seguí camino hacia la famosa calle financiera, pasé otra vez por el toro icono de Wall Street, y cansado ya de caminar, me tomé el metro para el hostal.

Después de la siesta obligada pues el cansancio era muy grande, me encuentro escribiendo mi penúltima publicación de este blog que lleva ya casi veintiséis mil visitas.

Mañana será el último día en la ciudad, pero cerca del mediodía estaré yendo hacia el aeropuerto en busca de ese avión que me lleve hacia mi querido Uruguay. Son horas difíciles, es verdad, pero trato de vivirlas a pleno, para no pensar mucho en lo que significa la vuelta.

Pero lo cierto es que mañana, deberé volver…

ESTADOS UNIDOS – NUEVA YORK – Parte I

Arribé a Nueva York, y por suerte no tuve ningún problema en migraciones. Es que claro, a esta altura del viaje tengo el pasaporte lleno de sellos de diversos destinos, por lo que sólo se limitaron a estampar su sello y nada más.

Al salir, me encontré con mi primo Martín que allí estaba esperándome. Qué alegría! Lo volvía a ver otra vez en el mismo año! Ni bien arranqué el viaje lo fui a ver a Miami, y ahora él, me vino a ver a mi a Nueva York, donde también tiene un amigo, Marcelo, que nos esperaba en el auto.

Marcelo, es un uruguayo neoyorkino, y junto a su mujer, nos hospedaron en su casa que se encuentra en Nueva Jersey, a tan sólo treinta o cuarenta minutos en tren de la gran manzana.

Nos subimos al auto, y empezamos a acercarnos a Manhattan. Ver esos edificios altísimos con sus luces prendidas, hacían sentirnos diminutos en la inmensidad del hormigón y el asfalto.

Cruzamos el puente de Brooklyn, y nos dirigimos a Time Square. Lugar típico de Nueva York, donde las pantallas gigantes de alta definición colgadas de los rascacielos, invaden tus sentidos, haciendo de la noche el día por la intensa luz de los comerciales que se esfuerzan por sobresalir uno del otro.


No sólo estaba en la capital del capitalismo, sino que ahora me encontraba en su corazón, en la Séptima Avenida esquina Brodway.

Los tan famosos taxis amarillos pasaban de un lado a otro, formando parte del paisaje neoyorquino.

Después de un vuelo de ocho horas, y de disfrutar de ese lugar de la ciudad, nos fuimos al apartamento de Marcelo para descansar.

Al otro día salimos a caminar por Manhatan. Fuimos a la zona cero, donde se encontraban hace ya diez años las torres gemelas. Allí cerca está Wall Street. Manifestantes se aglomeraban en una plaza para protestar contra el sistema y los recortes presupuestales. Acampan ahí, insistiendo e implorando que sus gritos sean escuchados por los altos mandos del gobierno.

Alli, comimos pizza que repartían a los que manifestaban. Y como nosotros estábamos mezclados, y apoyando sus peticiones, nos sumamos a los comensales.

Llegamos hasta el inmenso toro, ícono de Wall Street. Su significado: optimismo, agresividad y prosperidad financiera. Aunque ahora pareciera que estos significados se hayan desvanecido, el toro sigue aún de pie, y es uno de los puntos turísticos de la ciudad.


Realizamos también uno de los paseos indispensables a la hora de visitar Nueva York. Cruzamos el Puente de Brooklyn a pie. Tras pasar por el muelle 17, iniciamos nuestra larga caminata por encima del puente.

Desde allí, mientras los autos pasaban por debajo, nosotros, veíamos a lo lejos la estatua de la libertad, erguida como siempre con su brazo en alto.

Caminamos un poco por Brooklyn, y después nos tomamos un subte hasta el Central Park. Cuando salimos a la superficie, el sol ya se había ocultado pese a ser casi las cinco de la tarde. Vimos el memorial “Imagine” en honor a John Lennon. Y empezamos a recorrer el parque viendo unos personajes increíbles. Locos hay en todos lados, y el Central Park no puede ser la excepción.


Vimos un pequeño túnel donde se filmó una parte de la película “Mi pobre angelito” y comenzamos a dejar este enorme parque rodeado de inmensos edificios.

Después de pasar por Colombus Circle  nos dirigimos hacia Washington Square Park y su zona aledaña con sus bares y pubs. Me olvidaba de contarles, que en Nueva York hay una población importante de ratas, viéndolas de noche por estos parques y plazas.

Nos metimos en un pub para tomar algo y jugar al pool. Despuñes de unas horas, volvimos a Nueva Jersey, al apartamento de Marcelo.

Al otro día, aún cansados de la larga caminata del día anterior, nos limitamos a pasear un rato por el barrio llamado Newark, y conocer sus calles para nada turísticas, pero que también forman parte de la vida cotidiana del ciudadano.

De tarde, cargamos mi equipaje en el auto, y llevamos a Martín al aeropuerto pues debía volver a Miami. Yo en cambio, me hospedaría en el centro de la gran manzana.

Antes de llegar al aeropuerto, fuimos a cenar a un restaurante uruguayo en Queens. Comí después de nueve meses asado de tira y molleja. Me sentía como en el paraíso. Sé que mi familia que me esperará en Uruguay con dicho plato típico uruguayo, no les gustará demasiado que no me haya aguantado unos días más, pero el asado es irresistible.

En fin, llegamos al aeropuerto donde debí despedirme de mi primo. Son duras las despedidas. Y más aún cuando no se sabe con certeza la próxima vez que nos estrechemos en un abrazo. Fue bueno poder compartir mis primeros días en Nueva York con él.

También debo agradecerles a Marcelo y a su mujer por haberme hospedado a mi también en su casa, y por haberme llevado hasta el hostal después de haber llevado a Martín al aeropuerto. Sinceramente la pasé muy bien. Me divertí muchísimo en esos dos días que andábamos los tres deambulando por las calles de esta enorme ciudad.

LLEGADA A NUEVA YORK

Me encuentro escribiendo estos párrafos desde el avión que me dirige hacia Nueva York, una de las principales ciudades de Estados Unidos y el mundo.

Una peculiaridad de este viaje, es que vamos siempre hacia el atardecer. Es que partimos de Paris con el cielo naranja, y atrás vamos dejando la noche, y con el cambio horario, vamos ganando tiempo, escapándonos de la oscuridad, acercándonos hacia el atardecer de otros lugares.

Ahora estoy viajando solo. Con el grupo dejé de viajar hace ya mucho tiempo, con mis amigos en el auto hace casi dos meses, y con Cecilia me despedí en el aeropuerto mientras ella esperaba su vuelo de retorno a Uruguay. Por suerte, a mi llegada a Nueva York, me estará esperando Martín, mi primo.

Para los fieles seguidores de este blog, Martín es aquel primo que vive en Fortlauderdale cerca de Miami al cual fui a visitar en lo que fue mi primer y segundo día de este extenso viaje.

Ahora, terminando esta aventura, podré disfrutar de su compañía al menos dos días, y después sí, los últimos días estaré solo, intentando ordenar ideas, sentimientos y pensamientos que rondan en mi cabeza sin rumbo fijo.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

FRANCIA - OTRA VEZ PARIS

Y terminaba la última Etapa de este viaje, que era en compañía de Cecilia. Y qué mejor que terminarla donde la comenzamos, en la hermosa ciudad del amor, en Paris.

Por suerte, siempre con el sol brillando en lo más alto, recorrimos nuevamente sus calles, pero esta vez, mezclándonos más con la gente, viviendo mucho más el lugar, disfrutando de cada bocanada de aire. 

En esta oportunidad, nos alojamos en un hotel muy barato a tan solo unas cinco cuadras de la Torre Eiffel, en la calle Commerce que tiene un movimiento interesante todo el día.

Fuimos a ver la famosa torre, ícono de la ciudad, y por más que ya nos habíamos fotografiado a sus pies hacía un mes y medio atrás, ahora lo volvíamos a hacer. Es que la Torre Eiffel tiene eso, hace que uno al mirarla, quiera recordar esa imagen para siempre.

Algo que nos llama la atención de esta ciudad es el tema del pan, de la baguette. A toda hora se ven hombres y mujeres, jóvenes y ancianos comiendo por la calle este alimento básico. Y a toda hora se encuentra caliente. Yo por ejemplo me compré una a las ocho de la noche, y estaba caliente que casi no podía sostenerla con las manos.

Es muy cómico porque la baguete se ve asomada en las mochilas, en las carteras, en los cochecitos de bebés, en todos lados. La peculiaridad es que todas las veces se ven sin la punta, es que claro, cómo recistirse hasta llegar a tu casa sin pegarle un mordisco a tan delicioso pan.

Pasamos por el Trocadero, e increíblemente estaban prendidas sus fuentes. Digo "increíblemente", porque recién en la cuarta vez que visito esta ciudad, pude apreciar esas fuentes en funcionamiento. Ya estaba empezando a dudar de la veracidad de las fotos que uno ve por ahí, con los chorros que se pelean por llegar hasta lo más alto.

Llegamos hasta el Arco de Triunfo, y desde allí seguimos nuestro camino por la Champs Elysees. Mucha gente, y mucho colorido otoñal invadía sus anchas veredas. Una feria navideña ofrecía alimentos y bebidas típicas de la época del año. Probamos vino caliente como si fuese café, muy original, y muy rico.

Pasamos por la pirámide de vidrio del Museo de Louvre, y ya haciéndose de noche llegamos hasta la Catedral de Notre Dame, que tras ingresar y pasear por su interior, descubrimos que no sólo no existe el jorobado, sino que también vimos que hay catedrales muchísima más bellas que están desperdigadas por todo Francia. Claro está que su fama viene porque allí se coronaban a los reyes franceces.

Otra cosa que nos llamó la atención en su interior, son las salas de confecionario. Paredes de vidrio esfumado que impiden ver con nitidez hacia su interior donde hay un escritorio, de un lado el cura y del otro el pecador. Como quien va a una entrevista de trabajo. Realmente algo de muy mal gusto.

En fin, disfrutamos de París. Y dejamos atrás esta fabulosa Etapa al dirigirnos al aeropuerto. Devolvimos el auto, con 21.323 kilómetros. Que restándole el recorrido que hicieron mis amigos mientras yo estaba en lo de mi hermana en Locarno, da unos 19.600 kilómetros que testimonian la vuelta por el viejo continente. Con Cecilia realizamos casi 5.000 kilómetros. Realmente una experiencia inolvidable.

Cecilia se tomaba un vuelo distinto al mío, pues ella volvería a Uruguay, y yo una semana a Nueva York. Esto significó otra despedida. Pero una despedida de felicidad por todo lo vivido y compartido en este mes y medio. Fueron muchas las cosas que disfrutamos juntos. Tanto lugares como momentos. Fue un placer haber hecho de "chofer" para que pudiera disfrutar al igual que lo hice yo, de todos los lugares que ustedes, seguidores del blog, ya saben cuáles fueron.

FRANCIA – VERSALLES

Llegamos a Paris, y entre tantas cosas, decidimos ir uno de los días que nos quedábamos en la ciudad luz, hacia Versalles, a tan sólo unos veinte kilómetros del centro de la ciudad.

Creo no hace falta explicar lo que es Versalles, pero nunca está de más comentar algo para aquellos lectores despistados.

En el Siglo XVII, el entonces rey francés Luis XIV, agobiado de la ciudad, sintiéndose asfixiado por las calles empedradas y la muchedumbre, manda a construir un palacio a las afueras de París, donde pudiera cazar, cabalgar, y sentirse como debería sentirse un verdadero rey.

Es así, que dejando el palacio donde vivía en la ciudad sobre las orillas del Sena (el hoy día Museo del Louvre), empieza a vivir en Versalles. Allí, todo es excesivamente lujoso dejando ver el derroche de dinero ante un pueblo que empezaba a ver con recelo la monarquía, y comenzaba a introducir la palabra “república” dentro de su vocabulario cotidiano.

Tanto las personas ciudadanas de la comunidad europea, como los periodistas, entran sin abonar entrada alguna a todo el recinto, tanto al palacio como a los jardines.

Comenzamos nuestra visita por el primero, recorriendo con un audio guía sus enormes salones recubiertos de mármol y finos tapices. También relucían las estatuas, cuadros y frescos que no dejaban que una pared o un techo murieran en la simpleza de lo que son. Por lo tanto, no existía un solo centímetro que no tuviera un minucioso decorado.

Llegamos al salón de los espejos. Sinceramente me imaginaba muchos más espejos de los que habían, de todas formas no dejaba de ser un salón muy bonito. Pero a mi, me interesaba más el hecho de saber que allí se había firmado el Tratado de Versalles al culminar la Primera Guerra Mundial, que el hecho de que Luis XIV y posteriormente Luis XV, deambulaban y ostentaban de su poder caminando por ese piso de parquet.


Pensar que allí, la Alemania derrotada, quedaba profundamente endeudaba tanto moral como económicamente por su responsabilidad en dicha guerra.

Seguimos recorriendo el palacio, y después de conocer el dormitorio del rey, distinto al dormitorio de la reina, seguimos por un corredor lleno de pinturas espectaculares que al verlas, parecían estar pintadas en tres dimensiones, como que las figuras sobresalían del plano del lienzo.

Dejamos el palacio con una mezcla de sensaciones; maravillados de tanto lujo, pero a su vez, horrorizados del mismo.

Luego llegó el turno de los jardines. Empezamos a caminar por el extensísimo parque, pero descubrimos que las estatuas desperdigadas por ahí, se encontraban todas cubiertas, que las fuentes estaban apagadas, y que la vegetación estaba descuidada.

Tal vez es tanta la expectativa con la que uno viene a perderse en los tan famosos jardines de Versalles, que al verlos en tan deplorables condiciones, hace que no le parezcan lindos en lo más absoluto.

Somos concientes de la época del año en la que fuimos. Tal vez el frío del invierno perjudique las estatuas, razón por la cual estaban todas cubiertas; que aprovechen esta época para limpiar las fuentes por eso estaban todas apagadas; y que quien diseñó los jardines, no haya plantado árboles con hojas perennes para que al menos en esta estación del año, no se vea todo pelado.

La cuestión es que paseamos por los jardines, pero al ver todo esto, desistimos de conocer otras partes del gigantesco predio, y abandonamos Versalles para volver al centro de Paris. En el camino, comentábamos con Cecilia que el jardín del palacio de Villandry cerca de Tours, había sido muchísimo más hermosos que el de Versalles a pesar de ser cien veces más pequeño.

domingo, 20 de noviembre de 2011

FRANCIA – VALLE DE LOIRA

Como les comentaba en la publicación anterior, amanecimos en un pequeño pueblo llamado Aubeterre Sur Dronne. Recorrimos de mañana por este pintoresco lugar, visitando antiquísimas iglesias que aún se mantienen en pie pese al paso del tiempo.

Este pueblo rodeado de verdes praderas no fue tan extraordinario como los pueblitos que visitamos tiempo atrás al este de Francia. Pero de todas formas la pasamos muy bien siendo los únicos turistas que deambulaban sin rumbo en esas calles empedradas y desérticas.

Después, nos subimos al auto, y nos dirigimos a Angouleme. Una ciudad encantadora, con un castillo en el medio del casco histórico. Hoy día es el ayuntamiento. Pero este destino lo habíamos agregado en realidad porque en sus alrededores hay muchos de las enormes mansiones o castillos con esos jardines hermosísimos, pero averiguanos en el centro de información turística y nos decían que en esta época del año estaban todos cerrados. Por lo cual, seguimos viaje hacia Tours.

Previo a llegar a esta ciudad, nos desviamos, y nos fuimos hasta Villandry. Un pueblo donde se encuentra un castillo con un jardín muy pintoresco. Tras presentar nuestros carnés de prensa, ingresamos de manera gratuita al recinto, para encantarnos y enamorarnos de ese lugar.

Si bien el castillo propiamente dicho no estaba abierto al público, pudimos pasear y perdernos por ese enorme parque decorado con flores, árboles y arbustos podados de diversas formas, lagos, cisnes, y hasta una enorme huerta que sólo estaba para decorar y embellecer la vista con su diversidad de colores y formas.

Nos imaginábamos que si esto nos maravillaba, lo que sería visitar el jardín del Palacio de Versalles en los próximos días.

Cuando dimos por culminada la visita a este imponente lugar, nos fuimos a conocer Tours. Pero como ya era tarde, pues la idea era llegar a Orleáns ese mismo día, nos limitamos a recorrer un poco en auto. Realmente pintaba ser una ciudad muy agradable para pasar al menos toda una tarde.

Con el sol ocultándose a nuestras espaldas, seguimos viaje hasta Orleáns, la ciudad de Juana de Arco. Como llegamos de noche, hicimos tiempo en un shopping para no ir hasta un punto P tan temprano. Esa noche, sería la última en la cual dormiríamos en el auto. Fue duro saberlo, pues es duro aceptar que se acerca el fin de este largo viaje.

Hace tres meses que vengo durmiendo salteadamente, es cierto, en los tan acogedores puntos P de las autopistas europeas. Recuerdo la primera vez que nos quedamos en uno allá en Brujas con mis amigos. Inexpertos, pensábamos que cualquier P significaba que se podía dormir allí. La policía nos preguntó qué hacíamos, pero no tuvimos problemas y pudimos descansar.

Después supimos que los puntos P están sólo en las autopistas y que no se pueden armar carpas. Haciendo caso omiso de esto último, nos hospedábamos en estos lugares en distintos países europeos. Creo los de Francia y Suiza son los más confortables pues hay baños hasta con jabón y todo!

Esta última vez, era en Orleáns, a tan solo una hora y media de Paris. Costó dormir, costó aceptar que tal vez nunca más dormiríamos en estas condiciones; pues en los siguientes años, si viajamos, con más canas, y hasta tal vez con hijos, serán otras nuestras comodidades exigidas.

Nos despertamos, y sería injusto si les digo que conocimos Orleáns. Simplemente caminamos no más de una hora por la ciudad. Vimos un monumento a Juana de Arco, una hermosa catedral, y comenzamos finalmente los últimos largos kilómetros hasta la capital francesa.

Ese día también fu difícil. Pero con Cecilia nos propusimos hacer a un lado esos pensamientos de que cada cosa que hacíamos sería lo último, como cargar combustible, como hacer ruta, entre otras tantas cosas. Nos propusimos disfrutar los días que aún nos quedaban en Paris, y ser felices con lo que falta vivir, no con la nostalgia de lo que se hizo.

Así, llegaron los días de Paris. La segunda vez de Cecilia, y la cuarta vez mía en la ciudad luz.

sábado, 19 de noviembre de 2011

FRANCIA – BORDEAUX

Y dejamos atrás España para empezar nuestro largo retorno a Paris, lugar donde debo devolver el auto, y desde donde Cecilia tiene el vuelo hacia Montevideo, y yo hacia Nueva York.

Pero para aprovechar el recorrido, fuimos parando en ciudades y pueblitos, uno de los cuales fue precisamente la hermosa ciudad de Bordeaux. Este nombre se pronuncia como el color bordó, que sin poder dilucidar si allí se inventó dicho color, descubrimos que el nombre de esta ciudad se castellanizó como Burdeos.

Dejamos el auto, y empezamos a caminar por sus calles. Tiene una hermosa catedral, la de San Andrés, una peatonal llena de comercios y de gente, y una larga y ancha rambla a ambos lados del Río Garona.

Fue precisamente caminando por su rambla, donde nos topamos con un palacio, siendo el principal modelo para la típica fotografía de la ciudad, pues del lado del río, hay una enorme fuente que oficia de espejo, viéndose reflejado en su total magnitud, el imponente edificio del Siglo XVIII.


Otra cosa típica de la ciudad, son sus vinos, pero ubicándonos lejos de la vendimia, no pudimos ver la ciudad vestida de fiesta.

Luego de culminada esta breve, pero satisfactoria visita a Bordeaux, emprendimos viaje adentrándonos en el Valle de Loira, hacia un pequeñísimo pueblo llamado Aubeterre Sur Dronne.

Quien tenga pensado visitar Francia en auto, y le gusten los pequeños y pintorescos pueblos que hay desperdigados en todo el territorio francés, le recomiendo que visite la página web de las villas más hermosas deFrancia, y estudie las posibilidades de conocer alguna según la ruta deseada.

Llegamos a este pueblo ya entrada la noche, con lo que sólo nos restó buscar un hotel, y hospedarnos allí.

Encontramos uno, que tenía un restaurante en la entrada. Nosotros éramos los únicos huéspedes. Increíblemente cerraron el restaurante, y quedamos solos con el cocinero. Digo lo increíble, pues andábamos por el hotel como quien andaba en su propia casa. Inclusive al otro día, como no abrían de mañana el restaurante, dejamos la enorme y antigua llave de la habitación puesta en su cerradura, y pasando por la cocina, salimos por la puerta trasera que nos habían mostrado por si nos íbamos temprano.

En fin, de Aubeterre Sur Dronne, les contaré en mi próxima publicación.