lunes, 18 de abril de 2011

FILIPINAS – Día 3 – Honda Bay

Cómo poder describir lo asombroso de este día!

Desvelado, no sé si por el medicamento de la malaria, o por la excitación de estar en este lugar, me desperté a las cinco y media de la mañana, y un haz de luz de color naranja entraba por la ventana; corrí la cortina, y allí estaba, tímido, pero decidido a salir, el sol de Filipinas.

Me levanté sin dudarlo y saqué un par de fotos-postales desde la terraza del hostal. Así se nos presentaba la bienvenida a uno de los mejores días del viaje.



Aún asombrado de este amanecer, me fui a recostar un poco hasta que se levanten los chiquilines.

Una vez todos despiertos, desayunamos, y nos fuimos al puertito ubicado al final de la calle de Honda Bay. Allí alquilamos entre los seis (nosotros cinco más el nuevo amigo hebreo) un bote conducido por dos hombres que nos llevarían a las islas que quisiéramos. Antes de partir, hicimos un surtido para alimentarnos todo el día y alquilamos también máscaras de agua para hacer esnorquel.


Filipinas se caracteriza por tener sus aguas tres colores, transparente en la orilla, verde después, y azúl intenso mar adentro. Vaya si lo confirmamos! Navegando entre las islas se apreciaban esos tres colores claramente.

Al llegar a la primer isla, no podíamos creer la temperatura del agua,era realmente tibia, caliente diría yo. Arenas blancas, palmeras, cocos, un paraíso! Y nosotros estábamos ahí! En esta isla nos quedamos bastante tiempo pues nos encantó.

Pudimos hacer esnórquel, pues cuando entrabas al agua ya veías peces de colores. Diez metros más adentro, había como algas por donde nos metíamos y perseguíamos a esos peces de colores fluorecentes. Por el fondo estrellas de mar, tan grandes como las manos de un basquetbolista, eran naranjas con puntos negros, o rosadas con puntos verdes, increíbles!


No parábamos de asombrarnos de la belleza del lugar, miraba a los chiquilines, y me acordaba aquellas tardes cuando nos reuníamos para organizar el viaje, y el Chelo y Nacho tiraron la idea de venir a Filipinas. Ahora entiendo por qué tanta insistencia! Realmente gracias a ellos estoy en este destino, que con los pocos días que vamos, ya valió la pena visitarlo.


Después de almorzar en esta isla, cuyo nombre no recuerdo pues me lo dijeron en filipino y no lo retuve, les dijimos a los capitanes que nos llevaran a otra isla. Cuando estábamos llegando, se nos ocurrió pedirles permiso para tirarnos en alta mar, para bañarnos en el agua de color azúl intenso. Nos dijeron que no había problema, por lo que tiraron el ancla, y allí saltamos como locos por la borda hacia las profundidades.

Los capitanes nos dijeron que por donde se veía el color verde del agua, a unos cincuenta metros de donde estábamos, habían unos corales, por lo que nos tiraron los lentes de agua, los chalecos salvavidas, y nos fuimos nadando por el mar, hasta esos corales. Qué colores! nuevamente peces increíbles, estrellas de mar distintas a las que habíamos visto y tocado en la otra playa. Claro está, que el fondo estaba como a unos cinco metros, por lo que no llegábamos, pese a sacarnos el salvavidas, es que la presión en los oídos cuando te hundías era muy fuerte e impedía llegar a los corales.


Tras un buen rato en alta mar, nos subimos nuevamente al bote y nos llevaron a la orilla de otra isla, ésta sí me acuerdo del nombre pues me lo dijeron en inglés. Snake Island, donde jugamos un picadito de fútbol tres contra tres.

Al rato decidimos ir a otra isla, pero los capitanes nos aconsejaron ir a una barrera de corales realmente increíble. Estos corales estaban en el medio de la nada, arriba de ellos tan solo unas maderas atadas unas con otras que formaban una especie de pasarela. Allí nos bajamos, y nos tiramos al agua.

Nunca en mi vida vi tanta gama de colores, mis ojos se mareaban de tanto mirar para aquí y para allá. Cuando perseguía un pez de color violeta con amarillo fluorecente y fuxia, se me cruzaba uno naranja y blanco con una aleta larga, y cuando perseguía a éste, aparecía otro mejor. Así siempre! Los corales casi que salían a la superficie. Algunos llegaban a tener dos metros de altura. Incrustados en ellos, diversos tipos de esponjas. Amarillas, rojas, azules. Cuando las tocabas cerraban su orificio demostrando que estában vivas. Llegamos a ver una almeja de no menos de cincuenta centímetros. Una cosa de locos!

Pasamos más de una hora entre los corales. Cuando el sol se empezaba a ocultar por detrás de las montañas del horizonte, subimos al bote, y volvimos a Honda Bay hipnotizados de tanta belleza.


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