jueves, 7 de abril de 2011

BALI – Día 7

Al no haber sido mutilados por el asesino serial del cuarto número tres, me levanté temprano y al asomarme a la terraza, quedé atónito, al encontrarme con lo que el día anterior era niebla, ahora se había transformado en el Volcán Batur, el volcán más activo de Bali (por supuesto esto último lo supimos al preguntar si el humo que salía era que estaban  quemando algo, pero obviamente ese humo provenía del cráter del volcán) tal vez de haberlo sabido antes, no hubiésemos dormido a muy poca distancia del lugar.


Hicimos un par de kilómetros para poder acceder a escalar el volcán. Ya cuando te vas acercando en moto, se ofrecen para hacerte de guía. Pero nosotros no queríamos pagar para subirlo. Sabíamos que había un templo a partir del cual podíamos empezar a escalarlo. Al encontrar el templo completamente abandonado al final de un camino cerrado de vegetación, dejamos las motos allí, y seguimos caminando con destino a lo más alto del cráter.

La vegetación cada vez más tupida hizo poner en tela de juicio si continuar o no, pues estábamos solos en el medio de la nada. La discusión estaba pareja, dos a dos. Y de repente, cuando estábamos por definir el tema, nos encontramos con un rancho de paja; tras golpear las manos, nos atiende un balinense joven y simpático. Le preguntamos para subir y nos dijo que estaba prohibido por el gobierno el paso a los turistas pues hace unos años una pareja de alemanes se cayeron y murieron. Por lo que ahora era obligatorio ir con guía.

Fue así que le preguntamos si nos acompañaba, y nos dijo que pese a que era su día de descanso lo haría. Pagamos una especie de entrada, y proseguimos con guía la caminata hacia lo más alto.

La caminata cada vez se ponía más dura, por momentos muy empinada. Estábamos a mil quinientos metros de altura y la escasez de oxígeno ya se notaba en el aire. Paramos para descansar una vez, dos veces, tres, y a la cuarta, Matías tiró la toalla y dijo con el poco aliento que le quedaba: “hasta acá llego yo, sigan ustedes”.  Nacho se adelantó junto con el guía, mientras el Chelo y yo, pasito tras pasito, lográbamos subir la ladera del Volcán Batur.

Tras casi dos horas de empinada subida, logramos llegar a lo más alto. La vista desde allí era fabulosa. Hasta logramos ver allá a lo lejos a Matías descansando. Pudimos ver de cerca humo saliendo del cráter. Había una parte con grietas en donde te acercabas y te quemabas del calor que salía de allí. Era increíble estar ahí, poniendo la mano en un agujero desde donde salía calor proveniente del centro de la tierra.


Ya recuperado el aliento empezamos a hablar con el guía. Su nombre era Lanang. Y entre tantas cosas nos decía que este volcán era el más activo de Bali, que su última erupción había sido en el año 2000 y su lava se podía ver ya solidificada por todo el valle. También nos decía que era considerada la montaña sagrada, y que los hindúes (religión que tiene más del 90% de la población de Bali como adeptos) la visitan diariamente para orar en ella.

Le comentábamos que la gente de Bali nos parecía muy amigable, y él nos contestaba que “debían serlo” pues comen todos los días gracias al turismo, que después de India, el gobierno de Indonesia es el más corrupto de todos. Otra cosa que le preguntamos fue si alguna vez había salido de Indonesia y nos dijo que ni siquiera había salido de la Isla de Bali, que nació en ese rancho donde lo encontramos, y ahí sigue viviendo. Es increíble lo que ayuda a valorar las cosas cuando se intercambian palabras con esta gente.


Nosotros ocho meses viajando y Lanang con sus veinte años no ha salido de esta isla que es apenas más grande que el departamento de Flores. Pucha que se aprende a respetar a las personas, y a valorar las oportunidades que uno tiene!

Comenzamos el descenso, alcanzamos a Matías, y una vez en el rancho de Lanang nos despedimos con un adiós sentido, deseándonos mucha suerte y sabiendo que las charlas con él, fueron igual o mejor que el simple hecho de haber llegado hasta la cima del Volcán Batur.



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