lunes, 17 de octubre de 2011

ESTE FRANCES – RODEMACK y BOOFZHEIM

Nos levantamos del punto P, y nos fuimos a un gran supermercado que se encontraba en un pequeño poblado llamado Thionville en busca de la tan ansiada garrafita. Llegamos diezmados por las búsquedas frustradas del día anterior. Pero parecía que la suerte había cambiado su rumbo, después de tanto preguntar, al fin las encontramos. No compramos una, compramos tres.

Ahora sí se podría decir que arrancábamos nuestra gran aventura por el este de Francia. Un trayecto que lo ideamos sin tener muy en claro lo que veríamos, ya que son destinos para nada tradicionales, y no encontrábamos demasiada información al respecto. Sólo sabíamos que serían pueblos medievales de no más de mil habitantes, incluso algunos no superan los doscientos habitantes.

Fue así, que dejamos atrás los poblados aledaños al centro comercial, y empezamos a adentrarnos en campo abierto atravesándolo por pequeñas y angostos caminos. Nos topamos con unas enormes chimeneas que vomitaban humo, intimidando un poco nuestro turismo aventura.

Seguimos unos kilómetros, hasta que llegamos a Rodemak. Un pueblo donde aún persiste su muralla del medioevo. Estacionamos el auto sin necesidad de pagar por hacerlo, y empezamos a perdernos por sus calles. En realidad no nos perdimos, pues es un pueblo tan chiquito, que por más que uno quiera, es imposible perderse.

Para que se hagan una idea, recorrimos todo su perímetro en tan sólo una hora caminando. Vimos la pequeña muralla que la protegía en aquéllas épocas medievales, entramos a su iglesia principal, así como también a una capilla que se encuentra en el punto más alto de la zona. Fue construida en el Siglo XVI y es muy sencilla. Allí saqué una foto muy bonita que es la que les muestro a continuación.


De más está decirles, que éramos los únicos que caminábamos por el pueblo, y en más de una ocasión vimos cómo nos observaban algunas ancianas por detrás de las ventana como desconfiando de nuestra presencia en el lugar.

Culminada nuestra visita a este hermoso pueblo, nos dirigimos hacia la sexta ciudad más importante de Francia, a Estrasburgo. Este destino no estaba en nuestros planes iniciales, pero un libro lo recomendaba, y decidimos ir a conocerlo.

Un viaje de dos horas se hizo de tres. Ahora les contaré por qué, pero antes quiero comentarles que para llegar a esta ciudad desde Rodemack, pasamos por territorio luxemburgués y también alemán. Fue precisamente en éste último, donde parte de la autopista estaba cortada, y tuvimos que tomar carreteras secundarias. Pero esto nos permitió seguir pasando por pequeños y pintorescos poblados.

En un determinado momento nos encontramos en un camino angosto, rodeados de manzanos. Sin dudarlo, paramos el auto, sacamos una bolsa, y nos pusimos a juntar manzanas. Muchas yacían podridas en el suelo, y muchas otras se lucían relucientes en la copa del manzano. Comimos una y estaba riquísima. Ahora tenemos como tres kilos más en el asiento trasero del auto.

De repente, la computadora del auto empezó a pedir que recargue el nivel de aceite. Casi me viene como un ataque. Ya me veía con el auto fundido rodeado de manzanas vaya uno a saber en qué lugar de Alemania. Sin más conocimiento de mecánica que el de abrir el capó, llegamos a una estación de servicio, y con mi escaso, o mejor dicho nulo alemán, me hice entender que necesitaba aceite, que no sabía cuál, y que ni siquiera sabía dónde iba. Por suerte, la mujer de la estación me enseñó todo lo que tiene que ver con el aceite.

Seguimos camino hasta Estrasburgo nuevamente en autopista. Indudablemente se trataba de una gran ciudad, pues el tránsito se empezaba a aglomerar en las esquinas. Al llegar al centro, teníamos dos opciones, o bajábamos y recorríamos la ciudad rápidamente, o íbamos a un camping a descansar, y al otro día por la mañana haríamos la primer opción.

Decidimos ir a un camping, con el inconveniente de que el GPS nos decía que el más cercano, quedaba a unos treinta kilómetros. De todas formas nos atrevimos.

Vaya camino el que nos dirigía al camping. Empezamos a transitar por entre medio de maizales. Al ser claramente una zona agrícola, no tenían alambrados, y podíamos tocar el maizal con el sólo hecho de sacar el brazo por la ventana. Fue un camino impresionante. En un momento un bosque sustituyó los maizales, y sus árboles, cansados del sol del verano, ya dejaban caer sus hojas amarillas y rojas sobre el camino. Un cartel, nos advertía de la posibilidad de que se nos atravesara algún ciervo. En este escenario, seguíamos Cecilia y yo, en el medio del campo francés, en busca del camping.

Gran sorpresa la nuestra y mayor desesperación la mía al ver que el camping se encontraba totalmente abandonado. Fuimos hasta el pueblo donde se encontraba el camping y allí, en su único almacén preguntamos si no conocía algún lugar para alojarse por una noche. Por suerte nos pudimos comunicar en español, y si bien no había hoteles en el pueblo, nos dijo que había una señora que hospedaba en su casa. La llamó, averiguó, le dijo que éramos una pareja, que parecíamos bien, y nos confirmó.

Tras las indicaciones de cómo llegar a la casa, nos fuimos en su búsqueda. Allí nos esperaba desde un balcón la simpática señora. Nos presentamos, y Cecilia empezó a hablar francés con ella mientras yo trataba de imaginarme lo que decían por sus gestos. Nos hizo entrar a su elegante casa, y nos mostró nuestro dormitorio. Creo que habitaciones de hoteles cinco estrellas en los cuales estuve en Asia igualaban a este dormitorio donde alguna vez durmieron sus hijos ya adultos.

Nos instalamos, y como aún era temprano, salimos a recorrer un poco este pueblo llamado Boofzheim. Estoy seguro que no aparece en ningún mapa. Como aún no habíamos almorzado, y ya eran como las cinco de la tarde, buscamos un lugar donde poder cocinar y estrenar la garrafita.

Encontramos una mesa con dos bancos en la orilla de un arrollo en las afueras del pueblo, y allí cocinamos unos exquisitos tallarines con salsa de tomate. Después de almorzar, y ya con el sol lejos en el horizonte, volvimos a la casa de la señora para descansar en el cómo somier.

Pucha que fueron muchas cosas para un solo día. Pero este viaje es así. Se vive muy intensamente, se disfruta y por eso el quererlo compartir con todos ustedes.

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