miércoles, 4 de mayo de 2011

CHINA – Día 3 – Beijing

El tercer día en esta enorme ciudad, fuimos con el grupo al Templo del Cielo. Un lugar muy energético, con un parque enorme en donde se encuentran los jubilados para realizar diferentes actividades, desde bailar, hacer gimnasia, cantar, jugar a las cartas, o simplemente sentarse y conversar con alguien, y vaya si tendrán temas para hablar estos veteranos que han vivido por todo un proceso social, político y económico como en pocos lugares del mundo. Verlos, me transmitía una ternura increíble, tanto que prefería quedarme más tiempo perdido entre los caminos del parque que ir al mismísimo Templo del Cielo.


Obviamente que igual fui al templo. Es una construcción muy linda, como todas aquí en China. Paseamos por sus alrededores, sacamos fotos, disfrutamos del lugar que dicen hay mucha energía en su aire.


Luego de este paseo, y con la sensación de que los jubilados aquí la pasan muy bien, nos fuimos a la atracción turística más importante no solo de Beijing, sino de toda China, a la Gran Muralla China.

Como era primero de Mayo, estaban todos de vacaciones, todos en la autopista, todos en la Gran Muralla. Demoramos cuatro horas en llegar, creo que caminando hubiésemos demorado menos, pero el tráfico, y el aglomeramiento de gente es algo de la vida cotidiana de los beijineses, aunque justamente este día del año es todo mucho más exagerado.

Cuando nos estábamos acercando, ya empezaba a sentir en el cuerpo eso que me viene pasando cada vez que veo algo tan ansiado, tan esperado por tanto tiempo, es como cuando vi a mi primo en Miami, o el Golden Gate en San Francisco, o las playas de Hawai y Filipinas, o a los orangutanes en la selva de Sumatra, o a las Torres Petronas en Kuala Lumpur, o al Opera House en Sydney, o los paisajes de Nueva Zelanda.  Es como que el corazón se acelera, y me recorre un frío por el cuerpo que hace que mi piel se erice y mis ojos se emocionen.

Cuando divisamos por primera vez allá a lo lejos la muralla que tanto hemos estudiado, nos pusimos todos con la nariz pegada al vidrio del ómnibus, con un brillo en los ojos muy particular. Es que claro, estábamos viendo más de mil años de historia y en pocos minutos, tendríamos el placer de caminar por esos ladrillos, disfrutando el paisaje montañoso de esta zona de China.

Al llegar, almorzamos muy rápido, es que las ganas de tocar con nuestras propias manos esas piedras hicieron que en menos de una hora comiéramos los cincuenta y seis compañeros.

De más está decir que había una multitud en ese lugar, como nunca antes había visto. Tal vez a la salida del estadio allá en Uruguay, pero aquí no piden permiso, empujan, tocan, gritan. Es algo muy cómico de ver y de vivir. En un momento, para acceder a la entrada de la Muralla, teníamos que pasar por un túnel de unos diez o quince metros de largo y muy angosto para la cantidad de gente. De frente teníamos un auto como abriendo paso a los cientos de chino que venían saliendo, de este lado nosotros más otros cientos de chinos. Era una pulseada permanente el ver quien pasaba primero, pero ningún extremo esperó, y en unos segundos estábamos todos en el túnel, los que venían, los que íbamos y el auto.


Después de haber sobrevivido a esta maniobra humana, empezamos a transitar por la Gran Muralla China. ¿Qué decir de esta maravilla mundial? La sonrisa  se me pegó en mi rostro, y no podía parar de expresar mi felicidad con cada paso que daba.


Después de dos horas bajamos y sin poder creer en el lugar del mundo en donde estábamos, volvimos a la ciudad para ir a un mercado a hacer algunas compras y recordar que nosotros somos capitalistas, consumistas, que compramos cosas por más que no sean de extrema necesidad.

De paso a este mercado, pasamos por la villa olímpica, pudiendo ver en vivo y en directo los estadios que fueron tan típicos en aquellas olimpíadas del año 2008. Vimos El Cubo, estadio donde están las piscinas olímpicas, y El Nido, estadio olímpico.


En el mercado aproveché a comprar regalos, y yo me compré sólo unos championes, que ya los usé una vez, y casi se me caen los pies. No hay talco que valga! Creo, por el bien de mis compañeros, no los usaré más.

Algo muy bueno, hasta diría académico, fue el regatear los precios. Digo académico por el hecho de vivir en su máxima expresión el tema tan estudiado en Facultad como es la “Oferta y la Demanda”. Parecíamos unos negociantes experimentados, pensábamos un precio, y no parábamos hasta lograrlo, sino, nos íbamos y nos venían a buscar aceptando nuestra oferta final. Tanto llegó a ser nuestro fervor por lograr el precio más bajo, que en un determinado momento me vi peleando una remera por un desacuerdo entre oferente y demandante de sólo diez pesos uruguayos. Ahí fue cuando me di cuenta que todo tiene un límite, y que por más que las fuerzas del mercado siempre estén latentes, uno nunca puede perder de vista “el todo”.

El día no terminaba aquí, por la noche fuimos a un restaurante a comer una de las comidas más típicas de la ciudad: pato laqueado. Con un sabor parecido al pollo, lo devoramos, mientras otras compañeras con pena de ver a un pato sobre la mesa, prefirieron comer otras cosas.


Una vez en el hotel, nos acostamos para descansar y procesar toda la felicidad vivida en el día, esperando el despertador a las cuatro de la mañana para dirigirnos en avión a Xi-An, ciudad de más de tres mil años.

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